Carta con respuesta

Por Rafael Reig, publicado en eldiario.es

‘Lo que no está escrito’ ya está leído y me ha encantado. Le propongo si le parece a usted bien crear un consultorio literario para pacientes desahuciados como servidor. He recurrido incluso a Punset y no me ha servido de nada. Siento que sólo usted puede salvarme. Le cuento: me acuso de que no he podido terminar, por más que lo he intentado, ‘la muerte de Virgilio’, ¿es grave Dr. Reig? por favor no me defraude o sí, pero rápido. GiovanniDrogo.

Me parece estupenda su propuesta. De hecho, ya tuve un consultorio literario en un programa de radio, al que acudía con mi carnet de la Asociación Colegial de Escritores (ACE), para poder firmar las recetas con mi número de colegiado (el 2.661). Aquí tengo el documento, en el que por cierto se dice con una solemnidad casi chistosa: “La ACE acredita al titular del presente carnet y ruega a las autoridades que faciliten su trabajo literario y creativo”. Tal es el poder de la ACE que, cada vez que se lo enseño a un policía, un conserje de museo, un guardia de seguridad en un banco o incluso a la guardia civil en un aeropuerto, no consigo que me faciliten ni un boli Bic ni una sola idea para un soneto.

En fin, así que ha estado administrándose usted unas dosis de Punset, ¿eh? ¿Padre o hija, don Eduardo o doña Elsa? ¿Punset soluble o en supositorio? Usted verá, pero eso es como tomar agua con azúcar para tratarse una apendicitis o una galleta María contra el cáncer de próstata. No sé por qué se empeñan ustedes en auto-medicarse, que sea la última vez que toma un medicamento sólo por lo que dicen los anuncios.

En respuesta a su consulta, despreocúpese: no soportar La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, no tiene la menor importancia. Procede de unos laboratorios austríacos y, en climas meridionales, a veces provoca reacciones adversas, sarpullidos, hormigueo en los brazos y bruscos cambios de humor.

Punset es en general un placebo, tanto en comprimidos como en pomada, no tiene ninguna acción terapéutica, aunque pueda producir un efecto curativo gracias a la fe del paciente. Le recomiendo que sólo confíe en los genéricos, que contienen el mismo principio activo, aunque sin envases de diseño ni publicidad por la tele. Lea clásicos. Son más efectivos y encima más baratos. Si usted quiere un tratamiento con Viaje a las emociones, de Eduardo Punset, vaya preparando treinta euros. Y otros veinte para el protector de estómago y de neuronas que deberá tomar si lee más de cinco páginas seguidas. En cambio el Lazarillo de Tormes no le costará, en edición crítica, más de diez euros.

Mi respetado colega y no obstante amigo, el Dr. Antonio Orejudo, jefe de Urgencias Clínicas en el Hospital Universitario de Almería, ha tratado a pacientes desahuciados como usted con notable éxito gracias a una terapia intensiva de clásicos, siempre empezando con el Lazarillo.

Las pruebas diagnósticas indican que el origen de su dolencia arranca en la transición española. Nada mejor para entenderla que la picaresca, como ha demostrado el Dr. Orejudo. Lázaro de Tormes, de origen vil y franquista, pretende alcanzar la cima de toda buena fortuna y medrar en la sociedad. Para ello debe aprender a “arrimarse a los buenos” y acomodarse a la doble moral de los poderosos. La transición la hicieron españolísimos pícaros a su semejanza. Uno más castellano, Adolfo Suárez, a la hechura de Lázaro, pues poco va del río Alberche al Tormes. Otros más andaluces, recién salidos del patio de Monipodio, pues poco va de Felipe González y Alfonso Guerra a Rinconete y Cortadillo.

Como usted sabe, en la literatura española hubo pícaros por necesidad y por hambre, como Lázaro de Tormes, y otros en cambio de buena familia que se hicieron pícaros por sed de aventura o hambre de poder, como Guzmán de Alfarache, que, antes de dejar su casa, era “muchacho vicioso y regalado”, criado en la abundancia, “cebado a torreznos, molletes y mantequillas” y “mirado y adorado”. A este segundo molde de pícaros pertenecen el resto de los indispensables para explicar la transición, como Juan Luis Cebrián o Javier Solana.

Sólo a través de la novela picaresca clásica conseguirá usted explicarse la transición y la etiología de su dolencia. La chapuza (institucional, constitucional, territorial, etc.) de aquellos polvorientos pícaros trajo estos lodos. Sólo un tratamiento con picaresca le hará comprender cómo es posible que Juan Luis Cebrián, el director de Informativos de RTVE nombrado por la dictadura franquista, acabara siendo el director de “un diario crucial para las libertades y la democracia española” (que es como definen a El País los abajo firmantes, con Vargas Llosa a la cabeza, de la “Carta al Comité de Redacción”). Sin haber leído novela picaresca, ¿cómo entender el sueldo de Cebrián o que Javier Solana ordenara el bombardeo de Yugoslavia (sin ningún mandato de la ONU, por supuesto), y ambos tan campantes?

No pierda la esperanza, no se considere desahuciado. Lea a los clásicos y verá que entiende mejor lo que le está pasando.

Mire usted, le voy a recetar el Lazarillo de Tormes, durante un mes, dos tomas diarias, siempre acompañadas de media azumbre de vino. Después le haremos unos análisis, antes de comenzar el tratamiento con Fortunata y Jacinta, la gran novela sobre la primera restauración borbónica (que es el troquel del cual salió la segunda restauración con el rey Juan Carlos). Le aseguro que muy pronto notará la mejoría (y las ganas de tomar el Palacio de Invierno).

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