En las últimas semanas, los medios de comunicación del país y de toda la eurozona, informan continuamente de la situación de la economía en Grecia. ¿A qué se debe esta insistencia en el tema?

Para aclarar un poco toda la trama de intereses que gira alrededor de ello, os ofrecemos este extracto del artículo “La otra economía”, de Alberto Montero, el cual podéis leer en toda su totalidad en el enlace:

http://www.albertomontero.com/2011/11/01/cuando-la-democracia-entra-por-la-puerta-el-mercado-salta-por-la-ventana/

En efecto, si los griegos decidieran no aprobar el plan de ajuste y, con él, el 50% de la quita sobre su deuda, la quiebra del país sería casi instantánea si, efectivamente, la Eurozona dejara de prestarle ayuda financiera. Sin embargo, Grecia juega, en ese sentido con ventaja porque sabe que eso es altamente improbable. ¿Por qué?
Pues porque desde el momento en el que se declarara la quiebra griega los bancos franceses y alemanes, principales tenedores de los más de 26 mil millones de deuda griega en circulación, estarían, si no en quiebra muy próximos a la misma, es decir, deberían ser intervenidos y recapitalizados a cuenta de los presupuestos de sus respectivos países (adviértase que, curiosamente, sus gobernantes han sido los dos primeros en llamar al orden a Papandreu).
Pero ahí no acaba todo. Esos bancos, al comprar la deuda soberana griega adquirieron también seguros para cubrirse del riesgo de quiebra (los famosos CDS) y los principales vendedores de esos CDS son, mire usted por dónde, bancos y empresas aseguradoras norteamericanas. La conclusión es clara: la quiebra griega no sólo provocaría la quiebra de los bancos europeos que poseen su deuda sino también pondría en grandes dificultades a los bancos norteamericanos que vendieron seguros para proteger a los compradores de dicha deuda. El riesgo sistémico se extiende ahora a la inversa de como ocurrió con las hipotecas basura que llegaron desde Estados Unidos contaminando el balance de los bancos europeos. Ante este panorama, no es de extrañar que los mercados se hayan comenzado a desplomar y el nerviosismo, cuando no el pánico, sea la sensación dominante.

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